Entre el Monte y el Cumplimiento
Mateo 17:1-8 NTV
17 seis días después, Jesús
tomó a Pedro y a los dos hermanos, Santiago y Juan, y los llevó a una montaña
alta para estar a solas. 2 mientras los hombres observaban, la apariencia de
Jesús se transformó a tal punto que la cara le brillaba como el sol y su ropa se
volvió tan blanca como la luz. 3 de repente, aparecieron Moisés y Elías y
comenzaron a conversar con Jesús. 4 Pedro exclamó: «Señor, ¡es maravilloso que
estemos aquí! Si deseas, haré tres enramadas como recordatorios: una para ti,
una para Moisés y la otra para Elías». 5 no había terminado de hablar cuando
una nube brillante los cubrió, y desde la nube una voz dijo: «Este es mi Hijo
muy amado, quien me da gran gozo. Escúchenlo a él». 6 los discípulos estaban
aterrados y cayeron rostro en tierra. 7 entonces Jesús se les acercó y los
tocó. «Levántense les dijo, no tengan miedo». 8 cuando levantaron la vista,
Moisés y Elías habían desaparecido, y vieron solo a Jesús.
Hay
momentos en la Biblia que pueden parecer extraños cuando los leemos demasiado
rápido. Uno de ellos ocurre en el monte de la Transfiguración. Jesús había
llevado consigo a Pedro, Santiago y Juan, y allí, delante de sus ojos, sucedió
algo imposible de explicar con palabras comunes. El rostro del Maestro comenzó
a resplandecer, sus vestidos adquirieron una blancura extraordinaria y, de
repente, aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.
Pedro
estaba contemplando algo que ningún hombre podía procesar fácilmente. No estaba
viendo simplemente a su Maestro orando. Estaba viendo gloria. Estaba viendo a
dos de las figuras más importantes de la historia de Israel. Estaba viendo,
aunque todavía no lo comprendiera por completo, una revelación de quién era
realmente Jesús.
Y en medio de aquella escena, Pedro dijo: “Maestro,
bueno es para nosotros que estemos aquí; hagamos tres enramadas: una para ti,
una para Moisés y una para Elías”.
Durante
mucho tiempo esas palabras se han leído solamente como una reacción nerviosa. Marcos
dice que Pedro no sabía qué decir porque estaban aterrados, y Lucas
también deja claro que no comprendía plenamente lo que estaba diciendo. Pero
eso no significa necesariamente que aquellas enramadas fueran una idea absurda.
Pedro era judío. Había crecido dentro de una cultura donde las tiendas y las
enramadas tenían un significado espiritual profundo. La Fiesta de los
Tabernáculos, Sukkot, recordaba el tiempo en que Israel había vivido en tiendas
durante su paso por el desierto, dependiendo totalmente de la presencia de
Dios. Y con el tiempo aquella fiesta también quedó asociada con la esperanza
futura del Reino, pues Zacarías había anunciado que las naciones subirían a
Jerusalén para adorar al Rey y celebrar la Fiesta de los Tabernáculos.
No
podemos afirmar que la Transfiguración ocurriera exactamente durante Sukkot,
porque los evangelios no lo dicen. Pero sí podemos reconocer que, cuando Pedro
habló de construir enramadas, utilizó un lenguaje cargado de significado para
un hombre judío. Tal vez, al ver la gloria de Jesús y la presencia de Moisés y
Elías, algo dentro de él comenzó a preguntarse si aquello que Israel había
esperado durante siglos estaba finalmente delante de sus ojos.
Quizás Pedro pensó que había llegado el momento de
quedarse allí. Quizás quiso convertir aquella revelación en una residencia
permanente. Había visto la gloria y no quería que terminara. Había encontrado
un lugar donde todo parecía tener sentido y quería establecerse allí.
Y
es precisamente en ese punto donde el relato se vuelve profundamente humano.
Porque nosotros hacemos lo mismo.
Cuando
Dios nos permite ver algo extraordinario, queremos convertir inmediatamente la
revelación en cumplimiento. Cuando recibimos una palabra, una promesa o una
visión de lo que Él puede hacer, nuestro corazón corre hacia el final de la
historia. Nos cuesta aceptar que Dios pueda mostrarnos algo hoy que todavía
tardará tiempo en desarrollarse.
Pedro estaba mirando el monte, pero Jesús ya estaba
mirando hacia Jerusalén.
Lucas
introduce un detalle que cambia completamente la escena. Dice que Moisés y
Elías hablaban con Jesús acerca de su “partida”, la cual habría de
cumplirse en Jerusalén. La palabra utilizada allí es éxodos. En otras
palabras, mientras Pedro estaba intentando construir tiendas para permanecer
en la gloria, Jesús estaba hablando del camino que lo llevaría hacia la cruz.
Pedro quería quedarse.
Jesús tenía que seguir caminando.
Y allí está el corazón del mensaje.
El problema de Pedro no fue haber reconocido que estaba
delante de algo glorioso. El problema fue pensar que la gloria podía
establecerse antes de que el proceso estuviera terminado. Pedro estaba
intentando convertir un anticipo en la conclusión.
Pero
el Padre interrumpe aquel momento. Una nube los cubre y desde ella se escucha
una voz: “Este es mi Hijo amado; a Él oíd”.
Eso era lo que Pedro necesitaba.
No construir.
Escuchar.
Porque
Jesús ya les había hablado del sufrimiento, del rechazo, de la muerte y de la
resurrección. Pedro quería la manifestación del Reino, pero todavía no
entendía que el camino hacia esa gloria pasaba primero por la obediencia.
Y
quizá allí encontramos una de las lecciones más difíciles de nuestra vida
espiritual. Hay ocasiones en que Dios nos muestra algo antes de que estemos
listos para vivirlo. Nos permite ver una posibilidad, una promesa, un llamado,
una puerta, una dimensión de lo que Él quiere hacer, pero después de
mostrárnoslo nos conduce nuevamente al camino.
Y ese camino no siempre se parece a la promesa.
A
veces, después de la revelación, viene el silencio. Después del monte, viene el
valle. Después de una palabra poderosa, aparece una temporada donde nada parece
avanzar.
Entonces
comenzamos a preguntarnos si entendimos mal, si imaginamos demasiado o si Dios
cambió de opinión.
Pero
cuando termina la Transfiguración, Jesús sigue allí.
La gloria visible desaparece, Moisés y Elías ya no
están, la nube se retira, pero Jesús permanece con sus discípulos y baja con
ellos del monte.
Eso
es hermoso.
Porque la señal terminó, pero Su presencia no.
Y
quizá alguien necesita entender esto: que el hecho de haber bajado del monte no
significa que Dios te abandonó. Que aquello que viste todavía no se haya
cumplido no significa que fue falso. Que la experiencia intensa haya terminado
no significa que el propósito también terminó.
Hay momentos en los que Dios te deja ver algo de tu
futuro solamente para darte la fuerza necesaria para atravesar tu presente.
Pedro
quería detener el tiempo porque pensaba que aquel momento era el cumplimiento.
Jesús sabía que apenas era una revelación anticipada.
Y
muchas veces nosotros también queremos levantar tiendas alrededor de momentos
que Dios nunca diseñó para ser permanentes. Queremos quedarnos donde sentimos,
donde vimos, donde entendimos, pero el Señor sigue caminando y nos llama a
seguirlo.
El monte es hermoso, pero no podemos vivir
siempre allí.
Hay un valle que atravesar.
Hay una obediencia que aprender.
Hay procesos que no se pueden evitar.
Y hay cosas que Dios no puede confiar a nuestras manos
hasta que primero haya trabajado profundamente en nuestro corazón.
Por
eso no te desesperes si Dios te mostró algo grande y luego pareció conducirte
por un camino que no se parece en nada a lo que viste. Tal vez no perdiste la
promesa. Tal vez simplemente todavía no ha llegado el momento de construir.
Por
eso, si hoy sientes que estás lejos de aquel momento en el que Dios te habló
con claridad, no pienses demasiado rápido que perdiste la promesa. Tal vez no
la perdiste. Tal vez simplemente estás caminando entre lo que viste y lo que un
día vivirás. Y mientras sigas escuchando a Cristo, el proceso no habrá
sido inútil. Porque la misma voz que te habló en el monte seguirá siendo
suficiente cuando tengas que caminar por el valle.
Cuando ver a Dios no es suficiente
Sigue
caminando.
Porque
el mismo Jesús que resplandeció en el monte es el que desciende contigo hacia
el valle.
Y
cuando finalmente llegue el tiempo de Dios, entenderás que aquella gloria que
viste por un momento no era el final de la historia.
Era
solamente un adelanto, asi es que no levantemos tiendas donde no es necesario,
sigamos el camino que se nos traza y visionémonos a llegar a donde el Señor nos
guía.
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