Cuando ver a Dios no es suficiente
Cuando ver a Dios no es suficiente
Cuando ver a Dios
no es suficiente
Marcos 14:43-50 NTV
43 en ese mismo instante,
mientras Jesús todavía hablaba, llegó Judas, uno de los doce discípulos, junto
con una multitud de hombres armados con espadas y palos. Los habían enviado los
principales sacerdotes, los maestros de la ley religiosa y los ancianos. 44 el
traidor, Judas, había acordado previamente con ellos una señal: «Sabrán a cuál
arrestar cuando yo lo salude con un beso. Entonces podrán llevárselo bajo
custodia». 45 en cuanto llegaron, Judas se acercó a Jesús. «¡Rabí!», exclamó, y
le dio el beso. 46 entonces los otros agarraron a Jesús y lo arrestaron; 47
pero uno de los hombres que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al esclavo
del sumo sacerdote cortándole una oreja. 48 Jesús les preguntó: «¿Acaso soy un
peligroso revolucionario, para que vengan con espadas y palos para arrestarme?
49 ¿Por qué no me arrestaron en el templo? Estuve enseñando allí entre ustedes
todos los días. Pero estas cosas suceden para que se cumpla lo que dicen las
Escrituras acerca de mí». 50 entonces todos sus discípulos lo abandonaron y
huyeron.
Hay escenas de la Biblia que uno
puede leer muchas veces y sentir que ya las conoce, hasta que un día un detalle
pequeño empieza a pesar más que toda la escena. Getsemaní tiene algo de eso.
Estamos acostumbrados a pensar en la traición de Judas, en la angustia de
Jesús, en el sueño de los discípulos, en Pedro sacando la espada y en el
arresto. Pero en medio de todo ese caos ocurre algo que, si uno se detiene de
verdad, resulta profundamente inquietante.
Jesús está a punto de ser entregado.
La noche está cargada. Hay hombres armados, antorchas, órdenes, tensión, miedo
y una traición que ya no se puede detener. Todo parece moverse con rapidez,
como si cada segundo empujara a Jesús más cerca de la cruz. Y en ese ambiente
Pedro reacciona. No piensa, no discierne, no espera. Saca la espada y hiere
a Malco, siervo del sumo sacerdote.
Entonces Jesús hace algo que
rompe completamente con la lógica de la escena.
Se detiene.
Eso es lo que me impresiona.
Jesús sabe que vienen por Él. Sabe que lo van a arrestar. Sabe que dentro de
pocas horas será juzgado, golpeado y llevado a la cruz. Y, aun así, en medio de
su propia angustia, ve el dolor de otro. Lucas dice que tocó la oreja del
hombre y lo sanó.
No era uno de los discípulos.
No era alguien que había llegado buscando un milagro. No era alguien que gritó
su nombre pidiendo ayuda. Era parte del grupo que venía a llevárselo.
Y Jesús lo sanó. Hay algo
profundamente hermoso en eso, porque nos deja ver que la maldad de los hombres
no cambió la naturaleza de Cristo. Ellos llegaron con armas, pero Él
seguía siendo misericordioso. Ellos llegaron para prenderlo, pero Él todavía
estaba restaurando. Ellos venían a llevarlo hacia la muerte, y Él seguía dando
vida.
Jesús no dejó de ser quien era
porque el ambiente se volvió hostil.
Eso ya sería suficiente para
predicar durante horas. Porque muchas veces nosotros permitimos que el
comportamiento de otros determine en qué nos convertimos. Si nos hieren,
endurecemos el corazón. Si nos traicionan, nos volvemos fríos. Si nos atacan,
justificamos nuestra dureza. Pero Jesús demuestra que la santidad verdadera no
depende del trato que recibimos. Él sigue siendo misericordioso incluso cuando
la misericordia no parece tener sentido.
Pero hay algo todavía más
fuerte.
Los hombres que estaban allí
lo vieron, todos aquellos que fueron a aprender al Señor, vieron el milagro,
vieron a Jesús actuar, pero a pesar de eso… siguieron adelante.
Eso es lo que estremece.
Porque uno imaginaría que una
escena así tendría que provocar algo. Alguno debió dudar. Alguno debió bajar el
arma. Alguno debió preguntarse si realmente estaban haciendo lo correcto. Pero
no ocurrió. Después del milagro, continuaron con el arresto.
Y aquí es donde Getsemaní deja de
ser solamente una historia sobre soldados y empieza a convertirse en un espejo.
Nos gusta pensar que, si Dios
hiciera algo suficientemente grande, entonces cambiaríamos. Decimos que
necesitamos una señal más clara, una respuesta más fuerte, una manifestación
más evidente. Pero aquellos hombres tuvieron delante de ellos una evidencia que
pocos han tenido y aun así siguieron caminando en la misma dirección.
Eso significa que no
siempre el problema es que Dios no se haya mostrado. A veces el problema es que
el corazón ya decidió no detenerse.
Ese es el verdadero peligro.
No la ausencia de milagros, sino
la capacidad de acostumbrarnos a ellos. No que Dios guarde silencio, sino que
nosotros aprendamos a escuchar sin responder. No que su presencia esté lejos,
sino que llegue un momento en que podamos estar cerca y seguir exactamente
iguales.
Hebreos lo dice de una manera
sencilla y seria: “Si oyen hoy su voz, no endurezcan el corazón”.
Hay algo en esa palabra, hoy, que
pesa mucho. Porque el corazón no se endurece de repente. Se endurece cada vez
que Dios habla y nosotros posponemos la respuesta. Se endurece cuando una
convicción aparece y la dejamos pasar. Se endurece cuando entendemos algo y
decidimos que después será mejor momento para obedecer.
Hasta que llega un punto en el
que uno puede reconocer la voz de Dios y aun así seguir caminando.
Eso fue lo inquietante de
aquella noche.
Jesús estaba delante de ellos. No
escondido. No lejano. Delante.
Y aun así lo llevaron.
Quizá por eso esta escena nos
obliga a hacer una pregunta diferente. Tal vez no deberíamos preguntarnos
cuánto más tendría que hacer Dios para convencernos. Tal vez deberíamos
preguntarnos qué hemos hecho con todo lo que ya nos mostró.
Porque cuando uno mira hacia
atrás, descubre que muchas veces la gracia ya pasó por nuestra vida. Hubo
momentos en los que Dios sostuvo lo que se estaba cayendo. Hubo puertas que se
cerraron y solo después entendimos por qué. Hubo palabras que llegaron en el
momento exacto. Hubo ocasiones en las que merecíamos consecuencias mucho peores
y, sin embargo, encontramos misericordia.
Y quizá el problema es que con
el tiempo dejamos de verlo.
Nos acostumbramos.
Eso es peligroso, porque uno
puede acostumbrarse incluso a lo santo. Puede escuchar la Palabra cada semana y
dejar de temblar. Puede hablar de la gracia sin sentirse alcanzado por ella.
Puede recordar milagros antiguos y vivir como si nunca hubieran ocurrido.
Malco, en cambio, quedó marcado
para siempre por aquella noche. Él llegó con un grupo que venía a arrestar a
Jesús y terminó siendo tocado por Jesús. No sabemos qué ocurrió después en su
vida, pero esa noche recibió algo que no había ido a buscar.
Eso es gracia.
Que Dios te toque cuando tú no
estabas buscándolo. Que tenga misericordia cuando tu corazón estaba en otro
lugar. Que todavía encuentre una manera de alcanzarte cuando tú ya habías
elegido otra dirección.
Pero la gracia no llega solo para
que admiremos el milagro.
Romanos dice que la bondad de
Dios nos guía al arrepentimiento. La bondad de Dios quiere llevarnos a algún
lugar. No quiere simplemente que digamos: “Qué bueno ha sido Dios”. Quiere que
esa bondad rompa algo dentro de nosotros. Que nos haga volver. Que nos haga
detenernos. Que nos obligue a mirar de frente lo que hemos estado evitando.
Por eso quizá la parte más
triste de Getsemaní no es que aquellos hombres no entendieran todo.
Es que vieron suficiente como
para detenerse y no lo hicieron.
Y ahí está la advertencia.
Uno puede estar muy cerca de
Jesús y, aun así, seguir aferrado a una decisión equivocada. Puede escuchar su
voz y no obedecerla. Puede experimentar su misericordia y seguir endurecido.
Puede recibir una señal y convertirla simplemente en una anécdota más.
Por eso la pregunta final no es
si Dios todavía hace milagros.
La pregunta es qué ocurre dentro
de nosotros cuando los hace.
Porque el milagro más grande
puede suceder delante de nuestros ojos y aun así no cambiar a quien ha decidido
no cambiar.
Y eso debería hacernos pensar.
Tal vez hoy no necesitamos
pedirle a Dios otra señal.
Tal vez necesitamos pedirle que
no permita que el corazón se nos vuelva insensible.
Que todavía podamos detenernos
cuando Él habla.
Que todavía podamos reconocer su
mano.
Que todavía podamos sentir
vergüenza cuando vamos en la dirección equivocada.
Que todavía podamos volver.
Porque sería terrible llegar
al punto en el que Jesús esté obrando delante de nosotros…y nosotros
simplemente sigamos caminando como si nada.
Y quizá aquí está lo más serio de
todo.
Aquellos hombres no podían decir
que Jesús nunca se les mostró. No podían decir que nunca vieron nada. No podían
afirmar que todo era rumor. Lo tuvieron delante. Escucharon su voz. Sintieron
su autoridad. Vieron su misericordia tocar a un hombre herido. Y aun así
siguieron con las cadenas en la mano.
Eso significa que el problema
más peligroso del corazón no es no haber visto a Dios. Es verlo… y seguir
igual.
Porque llega un momento en el que
la gran pregunta ya no es cuánto más tiene que hacer Dios para llamar nuestra
atención. La pregunta es cuánto más vamos a resistir antes de rendirnos.
¿Cuántas veces más tendrá que
hablar?
¿Cuántas veces más tendrá que
corregir?
¿Cuántas veces más tendrá que
mostrar misericordia?
¿Cuántas veces más tendrá que
detener algo, cerrar una puerta, abrir otra, sostenernos en medio del caos,
para que finalmente entendamos que no estamos frente a una casualidad, sino
frente a Dios?
El verdadero temor no debería ser
que Dios deje de hacer milagros.
El verdadero temor debería ser
que nosotros lleguemos a verlos sin conmovernos.
Que la gracia ya no nos
sorprenda.
Que la Palabra ya no nos
confronte.
Que la presencia de Dios se
vuelva algo común.
Que podamos salir de una reunión
exactamente igual que como entramos.
Que podamos escuchar una verdad
que desnuda el corazón y seguir justificándonos.
Que podamos sentir a Dios cerca…
y aun así no soltar lo que nos está alejando de Él.
Eso sí debería asustarnos.
Porque una cosa es caer.
Otra cosa es acostumbrarse a no
levantarse.
Una cosa es equivocarse.
Otra cosa es aprender a vivir
defendiendo el error.
Una cosa es estar lejos.
Otra cosa es tener a Jesús
delante y decidir continuar en la misma dirección.
Por eso hoy no le pidas otra
señal.
No le pidas que haga algo más espectacular.
No le pidas que vuelva a
demostrarte quién es.
Hagamos algo más serio.
Detente.
Mira hacia atrás.
Recuerda cuántas veces su mano
estuvo ahí cuando tú ni siquiera la reconociste.
Recuerda cuántas veces te sostuvo
cuando ya no podías más.
Recuerda cuántas veces te habló
por medio de una palabra que intentaste ignorar.
Y entonces pregúntate con
sinceridad:
¿Qué más tiene que hacer Dios
para que yo cambie?
Porque quizá la respuesta sea
incómoda.
Quizá no tiene que hacer nada
más.
Quizá ya habló suficiente.
Quizá ya mostró suficiente.
Quizá ya tuvo misericordia
suficiente.
Quizá el siguiente movimiento no
le corresponde a Dios.
Te corresponde a ti.
Y ese es el punto donde Getsemaní
deja de ser la historia de aquellos hombres y se convierte en la nuestra.
Porque ellos vieron a Jesús sanar
y siguieron adelante.
La pregunta es si nosotros
haremos lo mismo, o si hoy, por fin, vamos a detenernos.
A bajar las armas.
A soltar nuestras excusas.
A dejar de pelear contra lo que
Dios lleva tiempo tratando de tocar.
Y a reconocer que cuando Jesús se
acerca, no siempre viene a impresionarnos.
A veces viene a detenernos antes
de que sigamos caminando demasiado lejos.
No dejes que pase frente a ti.
No dejes que hable y tú sigas.
No dejes que toque tu vida y tú
continúes como si nada.
Entre el monte y el Cumplimiento
Será aquel en que lo haga
delante de ti…y nuestro corazón ya no responda.