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El corazón que vuelve a dar gracias


Hay momentos en los que necesitamos detenernos y mirar el camino recorrido. Mientras avanzamos, las preocupaciones suelen ocupar tanto espacio que olvidamos reconocer lo que Dios ha hecho por nosotros. Recordamos con facilidad lo que todavía falta, pero podemos pasar por alto la fuerza que recibimos cuando creíamos no poder continuar, la ayuda que llegó en medio de una necesidad o el perdón que nos permitió comenzar de nuevo.

Al mirar atrás, también encontramos días que aún nos duelen. Hay oraciones cuya respuesta seguimos esperando y pérdidas que dejaron un vacío profundo. La gratitud puede brotar incluso allí, entre lágrimas, cuando descubrimos que podemos acercarnos al Señor con nuestra fragilidad y descansar en su fidelidad. Dar gracias no exige esconder las heridas ni fingir que todo ha sido fácil.

Pablo escribió: «Pero demos gracias a Dios que nos ha dado la victoria a través de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15:57, PDT). Estas palabras aparecen en un pasaje donde el apóstol habla de la resurrección y de la victoria sobre la muerte. Nuestra gratitud encuentra allí un fundamento que permanece aun cuando las circunstancias son difíciles: por medio de Jesucristo tenemos una esperanza que la muerte no puede destruir.

Desde esa certeza, Pablo invita a los creyentes a permanecer firmes y a dedicarse a la obra del Señor, sabiendo que su trabajo no es en vano. El agradecimiento empieza a tomar forma en nuestra manera de vivir. Cuando reconocemos la gracia que nos ha sostenido, encontramos motivos para seguir caminando con Dios y servirle con un corazón dispuesto.

Esa respuesta se vuelve especialmente cercana al leer lo que sucedió un día mientras Jesús iba camino a Jerusalén.

Al entrar en una aldea, diez hombres enfermos de lepra se quedaron a cierta distancia y levantaron la voz para pedirle misericordia. Su enfermedad había marcado profundamente su vida y su relación con los demás. Desde aquella distancia, pronunciaron una misma súplica: «¡Jesús! ¡Maestro! ¡Ten compasión de nosotros!» (Lucas 17:13, NTV).

Jesús los miró y les indicó que fueran a presentarse ante los sacerdotes. Ellos se pusieron en camino y, mientras iban, quedaron limpios. La sanidad ocurrió durante el trayecto. Podemos imaginar lo que significó descubrir que su cuerpo había cambiado y que delante de ellos se abría la posibilidad de una vida distinta.

Sin embargo, Lucas dirige nuestra atención hacia uno de esos hombres. Al verse sano, regresó alabando a Dios en voz alta y se postró a los pies de Jesús para agradecerle. Era samaritano. En medio de la alegría por lo recibido, aquel hombre volvió a buscar a quien había tenido misericordia de él.

Entonces Jesús preguntó: «¿No sané a diez hombres? ¿Dónde están los otros nueve?» (Lucas 17:17, NTV).

El relato no explica por qué los demás no regresaron. Esa pregunta queda abierta y también nos invita a examinar nuestro corazón. ¿Qué hacemos después de recibir aquello por lo que tanto oramos? ¿Cómo cambia nuestra relación con Dios cuando la urgencia pasa y la vida comienza a recuperar su ritmo?

Podemos acostumbrarnos rápidamente a una bendición. Lo que ayer pedíamos con lágrimas hoy puede parecernos parte normal de la vida. Nos ocupamos de lo nuevo, aparecen otras necesidades y aquella oración respondida va quedando atrás. El hombre que volvió nos recuerda el valor de detenernos y reconocer, de manera consciente, la misericordia recibida.

Su gratitud lo llevó a los pies de Jesús. Allí, la sanidad se convirtió también en una oportunidad de encuentro. Había recibido algo extraordinario y quiso expresarle su agradecimiento al Señor.

El Salmo 100 nos invita a acercarnos a Dios con gratitud y alabanza porque él es bueno y su amor permanece de generación en generación. Esa invitación nos ayuda a recordar a quién pertenecemos. Somos su pueblo, las ovejas que él cuida. Podemos entrar en su presencia con confianza, reconociendo que nuestra vida está delante de un Padre fiel.

Habrá días en los que agradeceremos con alegría y las palabras saldrán fácilmente. En otros, nuestra oración será breve y estará acompañada de cansancio. Dios conoce ambas expresiones. Un corazón agradecido también puede decir: «Señor, todavía me duele, todavía no comprendo, pero gracias por escucharme y sostenerme mientras atravieso este proceso».

En el Salmo 138, David reconoce que Dios lo alienta al darle fuerza cuando ora. Más adelante habla de caminar rodeado de dificultades y expresa su confianza en el cuidado del Señor. Esa experiencia nos resulta cercana: muchas veces seguimos atravesando el problema, pero recibimos fuerzas para afrontarlo. La presencia de Dios nos sostiene mientras esperamos.

Por eso conviene mirar nuestra historia con atención. Tal vez recordemos a alguien que nos acompañó cuando más lo necesitábamos, una palabra que nos ayudó a perseverar o una oportunidad para corregir el rumbo. Reconocer esas expresiones de cuidado alimenta nuestra confianza y nos enseña a vivir con mayor humildad.

Esa gratitud también alcanza nuestra manera de servir. La exhortación de Pablo a permanecer firmes cobra sentido cuando entendemos cuánto hemos recibido en Cristo. Podemos honrar al Señor con nuestro tiempo, con la disposición para ayudar y con la fidelidad en las responsabilidades que tenemos delante. Nuestro servicio nace del reconocimiento de su gracia.

También podemos agradecer mientras esperamos. En Jeremías 30:18-19, Dios anuncia restauración para su pueblo y describe un futuro en el que volverán a escucharse canciones de agradecimiento. Esa promesa fue dirigida a un pueblo en una situación concreta; al leerla, reconocemos la misericordia del Dios que restaura y renueva la esperanza. Podemos confiarle lo que está quebrado en nuestra vida, dejando en sus manos la forma y el tiempo de su respuesta.

Agradecer por adelantado es una expresión de confianza en su carácter. Nos acercamos con nuestras peticiones y descansamos en su sabiduría, aun cuando desconocemos cómo se desarrollará el camino.

Quizás hoy necesitemos hacer una pausa y volver a los pies de Jesús. Volver con lo que hemos recibido y con aquello que seguimos esperando. Hablarle de nuestra alegría, entregarle el cansancio y reconocer su fidelidad en la historia que hemos recorrido con él.

Diez hombres fueron limpiados y uno regresó para dar gracias. Su regreso sigue hablándonos porque revela una decisión sencilla y profunda: dedicar tiempo a reconocer al Señor.

Que nuestra vida encuentre siempre ese camino de regreso. Que, al disfrutar sus bendiciones, conservemos el deseo de buscarlo, escuchar su voz y permanecer cerca de él.

Hay oraciones que nacen de lo que necesitamos. Que hoy también haya una que nazca de lo que recordamos: «Gracias, Señor, por tu fidelidad».

Pastor Juan Monroy

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